domingo

El Gigante Gonzàlez.

Esto es un resumen de la vida del Gigante Gonzàlez. Su carrera como basquetbolista, su paso por los Estados Unidos como luchador, el presente y una nota que le hicieron en la tele. Uds. se preguntaràn por que pongo esto en el blog. Simplemente por que creo que en este mundo de mierda parece que muy pocos tienen la exclusividad, el pase vip. Y los otros se las arreglan como pueden, a esos les doy espacio en mi blog.

Jorge González es uno de los hombres más altos del mundo. Tiene gigantodromegalia, una enfermedad crónica que no le permite parar de crecer.
A los 6 años Jorge tenía el tamaño de un chico de 16.
A los 9 ya estaba en condiciones de ingresar en cualquier equipo de básquet.
A los 14 medía 1,88 metros y pesaba alrededor de 90 kilos.
Al año siguiente ya había alcanzado los 2 metros de altura.
Los 16 años lo sorprendieron con sus 2.15 metros y 170 kilos
A los 17 años seguía creciendo sin parar, llegó a medir 2, 172 metros según la medición del equipo de básquet que integraba en ese momento.
Con 22 años cumplidos, medía 2.29. Al poco tiempo alcanzó los 2.30.
Hoy está a punto de superarse de nuevo: casi mide 2 metros con 32 centímetros.

Su carrera como basquetbolista profesional:

Comenzó a jugar casi por casualidad. En menos de 3 años pasó a formar parte del equipo de la Selección Nacional y de allí, a la NBA.
Jorge se levantó como siempre y a pesar de las advertencias de su madre, se fue a jugar billar al bar "El Tufo" de El Colorado. Allí, le pidieron que fuera al almacén de enfrente a comprar cerveza. Por casualidad se cruzó con Oscar Rozanovich, un viajante allegado al Hindú Club que al verlo no dudó en conectarlo con la institución.
El club chaqueño no dudó en contratarlo al conocer su altura. con 16 años medía 2.17 metros. El 24 de septiembre de 1982 llegó a Resistencia y empezó a jugar.
Al año siguiente hizo su debut oficial al participar del Vigésimo Campeonato Argentino Juvenil que se desarrolló en Catamarca. Pero su equipo sólo obtuvo el puesto 11 y descendió. En aquella época su técnica no era refinada, y su juego lento lo hacían parecer poco apropiado para este deporte. Sin embargo, el club Gimnasia y Esgrima de La Plata lo incluyó en sus filas en una operación relámpago. Allí permaneció hasta 1985 cuando fue convocado por el entrenador León Najnudel para incorporarse a la Selección Nacional. Se presentó en sociedad el 6 de julio de ese año, en Guantánamo, Cuba, en un enfrentamiento con un combinado local donde Argentina ganó 82 a 74. También participó del 31° Campeonato Sudamericano de Básquet que se realizó en Medellín.
Durante su estadía en el equipo platense, Najnudel lo cuidaba como si fuera su propio hijo, aunque tenían muchas discusiones porque a Jorge le gustaba demasiado la buena vida y no estaba muy dispuesto a cuidarse en las comidas y a evitar el cigarrillo.
En 1986 intervino en el 10° Campeonato Mundial de España y asciende con Gimnasia y Esgrima a la máxima categoría de la Liga Nacional.
El arduo entrenamiento al que fue sometido logró que Jorge evolucionara notablemente, agregando velocidad a sus movimientos. En 1987 pasó a Sport Club de Cañada de Gómez. En marzo de ese año, Flor Meléndez lo convocó nuevamente a la Selección Nacional, pero su buena racha se cortó en abril cuando se rompió una rodilla, lo que lo obligó a retirarse durante 9 meses. Sólo pudo jugar cuatro partidos ese año.
1988 fue el año de consagración para Jorge, pero no todo fue color de rosas. Su deseo por ser una estrella y el esfuerzo por mantenerse en peso se debatían agotadoramente. En mayo participó del Preolímico de Montevideo. Allí lo descubrieron los norteamericanos y el 28 de julio se convirtió en el primer argentino seleccionado para el draft (reclutamiento) de la NBA. Fue aceptado por el Atlanta Hawks.
Un agente del Atlanta había visto a Jorge y llamó a Ted Turner, dueño del equipo y le dijo que había un joven que medía 2.29 metros y que se movía a toda velocidad de un aro hacia otro. Turner no lo dudó, y envió a la Argentina a otro agente, Brennand Schur, quien estuvo en el país sólo 30 horas y se llevó de recuerdo una de sus zapatillas número 56. En seguida arreglaron con los dirigentes del equipo y pagaron 30.000 australes por el pase.
El día que debía viajar a Estados Unidos, Jorge llegó a Buenos Aires y fue hasta la Embajada Americana a solicitar la visa. Allí, se encontró con una sorpresa: en todo el mundo las embajadas y consulados norteamericanos estaban cerrados en conmemoración del aniversario de la muerte de Martin Luther King. Enterado del inconveniente, Richard Kaner, agente de Atlanta movió todas sus influencias para conseguir que la Embajada abriera sus puertas y le otorgara la visa a las 18.30, para poder embarcar el vuelo a las 23.45.
Al llegar se sorprendió. Ya no era un fenómeno, estaba rodeado de hombres como él. Jorge se convirtió en el segundo jugador más alto de la NBA, apenas superado por un centímetro por el africano Manute Bol, quien jugaba para el Washington Bullets.Pero para poder jugar tuvo que bajar más de 20 kilos.
El cuerpo de Jorge no logró adaptarse a las más altas exigencias de la liga norteamericana mientras que el técnico del Atlanta, Mike Fratello ya pensaba en reemplazarlo. Cazzie Russel, ex estrella de los Knicks le dijo que " ser alto no es suficiente" y que debía aprender a correr y a moverse si quería quedarse en la NBA.
El básquet argentino no lo había preparado para el nivel norteamericano donde el juego es rápido e intenso. El tamaño de Jorge, volvió a jugarle en contra.






Estos son datos de su carrera como luchador:

Su gran altura, llevó a Jorge González a la NBA, pero su tamaño y lentitud no le permitieron quedarse. En Estados Unidos se dedicó a la lucha profesional. Sin embargo, luego de varias temporadas de éxito, una lesión en la espalda lo dejó sin trabajo.
Jorge González era jugador de básquet antes de entrar en la Federación Mundial de Lucha. Sus 2.31 metros de altura lo hacían ideal para jugar en la NBA pero su gran peso y tamaño lo hacían demasiado lento en los partidos. En seguida su sueño como basquetbolista se esfumó. En 1989, tras el trago amargo de la NBA, la cadena televisiva TNT de Ted turner, el mismo dueño de los Atlanta Hawks, donde Jorge jugaba, le ofreció incorporarse al negocio de la lucha libre. Jorge no lo dudó y entró en el Campeonato Mundial de Lucha o World Championship Wrestling (WCW) y comenzó a pelear. Así, la competencia mundial tenía al hombre más grande que podía encontrar. Hiro Matsuda, un ex luchador muy prestigioso, fue su entrenador. Al verlo por primera vez le examinó el cuerpo y lo encontró chico de caja, pero en seguida se dio cuenta del diamante que tenía entre manos. Rápidamente comenzaron un duro plan de entrenamiento. Tres veces por semana de levantamiento de pesas durante dos horas y media, más un alimentación especial lograron que alcanzara los 200 kilos necesarios para subir al ring como "el atleta más alto y más grande del mundo". Mientras que cada tarde, Jorge se dedicaba al aprendizaje de técnicas de lucha: palancas, saltos, llaves y tomas.
Así, "Giant González", nombre por el que fue conocido como luchador, comenzó a realizar giras por el interior de Estados Unidos y por el mundo. Nueva York, Dallas, Chicago, Kansas, Sacramento y Las Vegas lo vieron subir y bajar del ring con los brazos en alto: de 1400 peleas sólo perdió 3. Jorge recorrió más de 600 ciudades de todo el mundo en menos de dos años, luchando 24 días al mes.
En poco tiempo se convirtió en una verdadera estrella. Pero en 1993 fue despedido del WCW y contratado por Vince McMahon, el reconocido dueño de la compañía WWF (World Wrestling Federation).
Giant González tuvo su momento de gloria al enfrentarse con Sid Vicious, un gran luchador del momento. Además, tuvo una gran pelea en la WWF con The Undertaker, un luchador cuyo nombre significa algo así como "el funebrero". En 1993, The Undertaker, venció a Kamala The Ugandan, un luchador representado por Harvey Wickelmen. El manager logró vengarse ese mismo año en el campeonato de Royal Rumble. Después de que The Undertaker lanzara a todos sus contricantes fuera del ring, Wickelmen asombró al público al poner sobre el ring a Giant González que, sólo necesitó un par de zancadas y golpes para eliminar de la competencia a The Undertaker.
Así, se convirtieron en verdaderos rivales. The Undertaker tuvo una nueva oportunidad para luchar contra Giant González en Wrestlemania IX. En la pelea, a Giant González le colocaron un trapo con cloroformo en la cara. González se enfureció y estranguló a su contrincante, que tuvo que ser sacado del ring. Lucharon otra vez, al año siguiente en el Summerslam donde González perdió por conteo. En ese momento, la WWF despidió a Giant González de su plantel y en septiembre de ese año, el argentino se había quedado sin trabajo.
Jorge volvió a la lucha en una gira por Japón. En 1994, él volvió al ring en la New Japan Pro Wrestling, y como "Giant" otra vez, se enfrentó con hasta 4 opositores a los que derrotaba en peleas "ficticias". Fue nota de tapa del prestigioso semanario japonés Weekly Fight. Pero su regreso duró poco. Entonces, fue despedido de nuevo. Ninguno de sus contrincantes logró sacarlo del ring. Finalmente dejó de pelear tras sufrir varias lesiones en la columna y en las rodillas. A pesar de tener el nervio ciático lastimado, supo hacerse su lugar tres puestos debajo de Hulk Hogan, uno de los luchadores más prestigiosos de Estados Unidos, un rubio de bigotes suculentos.
Giant González dejó la lucha para siempre en 1995. Con su fama a cuestas, filmó algunas participaciones en la serie estadounidense Baywatch. Además, intervino en cuatro películas, una de ellas del mismo Hulk Hogan. Luego, volvió a su país, a Formosa donde ya no pelea, ni es reconocido.

Y estos son datos de como esta hoy el Gigante:

En una casa adaptada para sus 2.31 metros de altura, Jorge González vive rodeado de recuerdos, de épocas pasadas y un futuro idealista.
La vida de Jorge González bien podría sacarse de una novela. Nació y vive en El colorado, un pueblo de Formosa que está en una zona agrícola en el departamento de Pirané, sobre el río Bermejo a 150 kilómetros de la capital provincial, y que tiene unos 9.000 habitantes. Un pueblo raso donde la selva y el desierto parecen fenómenos tan propios y, a la misma vez, ajenos al lugar.
La suerte, el destino o como quiera que se llame, lo llevaron por el mundo de viaje, de la mano de sus 2.31 metros de altura.
Conoció la fama, el éxito y la buena vida mientras jugó al básquet en la NBA y se paseó por los rings de lucha libre barriendo con cuanto individuo se le pusiera enfrente. Pero esos tiempos se acabaron, los problemas de salud que padece lo dejaron en cama y apenas se levanta cada día para caminar unos cuantos pasos apoyado en su bastón.
Al costado del camino de tierra, la casa de tres ambientes le da abrigo a Jorge y a su tamaño. En el living, un televisor domina casi todo el paisaje acompañado por unos cuantos libros de autoayuda que Jorge lee en inglés. En el terreno del fondo un viejo aro de básquet le recuerda sus lejanas épocas de gloria.
Hoy tiene 34 años y en su mundo convive con zapatillas tamaño 56 y con ropa que nunca puede comprar y que debe mandarse a hacer de medida. Lo único que consigue en cualquier negocio es su ropa interior.
Necesita 2000 calorías por comida y es capaz de comerse seis milanesas de pollo con un kilo de tomates en un almuerzo familiar. Además toma 18 litros de agua por día.
Jorge dice que se dio cuenta de que el mundo no estaba hecho para él cuando tomó un colectivo en Buenos Aires que lo llevaba desde el CENARD hasta la calle Patricios. En el ómnibus no podía acomodarse y nadie le daba el asiento, tuvo que instalarse en el escalón más bajo de la puerta de salida durante los 40 minutos de viaje.
Sin embargo, su casa está adaptada hace mucho tiempo. La cama, la mesa, las sillas, los marcos de las puertas, todo está preparado para su tamaño.
Increíblemente, Jorge se identifica con el Chapulín Colorado y fantasea con conseguir las pastillas de "chiquitolina" que le permitían al personaje televisivo reducir su tamaño. Así podría ser uno más.
Hoy al básquet sólo lo mira por televisión. Su cuerpo sufre, no puede moverse con facilidad, le siguen creciendo los pómulos y los nudillos y sólo una inyección mensual de una droga que le cuesta 3000 pesos puede frenar su problema. Tiene mala circulación, presión alta y colesterol, no siente las piernas, una torsión en la rodilla y más de 25 puntos en ella, tras una vieja operación, casi no le permiten salir de su casa.
Hoy pasa sus días leyendo libros de autoayuda, costumbre, casi vicio, que adquirió en Estados Unidos y que mantiene con dedicación.
Su mayor miedo es quedarse ciego. Dice que si se le apagan las luces será tiempo de irse. Es que la diabetes que padece le provocó una rinopatía que no le deja ver bien " es como un limpia parabrisas atascado en el ojo derecho". Además es insulinodependiente, si no se aplica insulina diariamente puede entrar en coma y morir.
Cuando se le pregunta si ganó dinero en su carrera dice que no, pero que no puede quejarse. Basta con mirar sus casa al costado del camino de tierra para darse cuenta de que es así. Sin embargo, con sus ahorros mantiene a toda su familia. No trabaja desde 1995.
A Jorge el gustaría ser periodista o fotógrafo y si es posible le encantaría escribir una autobigrafía. Su ídolo es Arnold Schwarzenegger.
Jorge usa un anillo de 40 gramos de oro que compró en uno de sus viajes por el mundo y que en la mano de cualquier mortal serviría, por lo menos, de pulsera.
En su mundo de anécdotas y recuerdos existe un muñeco tipo Barbie que representa la figura del Giant González que fuera alguna vez y que salió a la venta en Estados Unidos en su época de luchador de la WCW, pero del que él asegura nunca ganó un dólar.

Para el final una nota que le hizo telenoche donde habla de su pasado y presente:

Un olvido gigante:

Se llama Jorge González, pero también le dicen "El Gigante". Con sus 2,30 metros, llegó a ser famoso en el mundo del básquet, del ring y hasta en el cine. Pero su historia cambió. Está enfermo y ya nadie lo aplaude, aunque sigue peleando, esta vez contra el destino.
En El Colorado, el pueblo que lo vio nacer, Jorge "El Gigante" González recuerda su pasado de gloria. En aquellos tiempos, cuenta, fue feliz. Pero hoy no encuentra su lugar.
A 1.200 kilómetros de Buenos Aires, en el pueblo misionero de El Colorado, nació en 1966 Jorge "el gigante" González. Sus 2,30 metros lo hicieron famoso en el básquet nacional y hasta llegó a probar suerte en la NBA, la liga profesional de Estados Unidos. Más tarde, Hollywood lo coronó en la competencia de lucha libre y hasta pasó por el cine. Pero el gran sueño se terminó. Hoy, a los 34 años, otra vez en su tierra, se recupera de una parálisis que casi lo deja postrado. Y sumergido en el olvido, vive una vida muy diferente a la que alguna vez conoció.
"Estoy pasando por una etapa muy difícil. De a ratos soy muy feliz y de a ratos estoy muy triste. Es lo peor que me puede pasar porque, por mucho tiempo, fui muy feliz, aunque sea superficialmente o artificialmente, pero fui feliz. Ahora no sé dónde rumbear, para dónde ir", cuenta dejando entrever su tristeza.
Vive sólo con su hermano en una casa en Formosa que debió ser especialmente adaptada para su tamaño descomunal. Todo absolutamente debió ser modificado para él: puertas, mesa, alacenas. Allí pasa sus días atrapado en su humor cambiante y es víctima de un pesimismo al que se empeña en llamar "realismo".
T.I.: ¿Cómo se ve la vida desde los 2,30 metros? González: Es difícil porque este mundo no está hecho para un hombre de 2 metros casi 32 (centímetros). Yo tengo que armar mi propio mundo, mi propia cama, mi inodoro; todo el techo tiene que ser alto. Yo tengo que armar mi mundo.
En la soledad de su refugio, a González lo invaden los recuerdos. Es que tuvo una historia gloriosa. Ya a los 16 años, su tamaño le permitió empezar a jugar al básquet y, más tarde, alcanzó su consagración de la mano de la Selección Nacional. Era feliz, pero pobre.
G: En ese tiempo yo fui tonto porque no me daba cuenta de la importancia que yo tenía para el mundo basquetbolista y no en la Argentina. Yo era feliz jugando al básquet. Era famoso, salía en todas las revistas, pero no tenía un mango. Tenía que buscar una salida económica.
En 1989 viajó a los Estados Unidos, pero poco duró la ilusión en la NBA. Era demasiado lento para la alta competencia. De todas formas, una propuesta de la cadena de televisión TNT lo retuvo en ese país. Así se incorporó a la liga de lucha libre y abandonó definitivamente el deporte que le había regalado la popularidad.
Subido al ring, tenía a su alrededor más flashes y cámaras que nunca. Llegó al cine, y hasta actuó en Baywatch, la serie protagonizada por David Hasselhoff. Y pese a que dice haber representado siempre a personajes malos y feos, tuvo sus recompensas.
G: He estado con mujeres hermosas. Todo por ser grande. En Estados Unidos hay mujeres a las que les gustan los hombres grandes.
Aún añora a su única novia, una rubia norteamericana a la que buscaría en cualquier parte si supiera cómo. Pese a que el romance acabó en poco más de un año, sigue enamorado. Hoy, en El Colorado, su éxito con las mujeres poco tiene que ver con aquellos años de gloria. "Pasa todo por una timidez extraordinaria que tengo, que no puedo superar. Soy muy tímido…", confiesa con cierto dejo de resignación. Hollywood también se terminó. Y "el gigante" siguió con las luchas y su gira por el mundo. Incluso estuvo en Japón. Pero durante una de las peleas, un golpe en la espalda estuvo a punto de dejarlo paralítico y el show se esfumó. En 1998, debió regresar a El Colorado.
G: Hasta el año pasado, yo me creía muerto. Era tal el estado de abandono, que yo me sumergía 20 horas por día. Sólo salía 4 horas para hacer mi higiene personal y dar una vuelta. Hasta que tomé la decisión de ir al Hospital Italiano y consultar a los mejores especialistas.
Calza 56. Y salvo calzoncillos, todo lo debe comprar en talle especial. Tiene gigantodromegalia: su cuerpo sigue creciendo. Como si fuera poco, también le diagnosticaron diabetes. Es que, por muchos años, en medio de su ritmo vertiginoso, evitó los tratamientos médicos y perdió tiempo. Ahora debe viajar a Buenos Aires cada 7 meses y, además del tratamiento, debe inyectarse una droga que le cuesta 3 mil pesos.
T.I.: ¿Es como si estuvieras buscando tu lugar?
G: Y no lo voy a encontrar jamás. No en la sociedad en la que vivimos.
Todos lo han olvidado. Se olvidaron del "gigante". Jorge González, el hombre de los 2,30 metros; descomunal, pero indefenso. Sólo un hombre que lucha contra la enfermedad. Y contra la soledad que lo tiene postrado y triste.

Una entrevista de Thurston Moore de Sonic Youth a Patti Smith.





¿Cómo hubiera conducido esta entrevista Lester Bangs?
–Lester escribió un artículo muy agradable sobre nosotros hace mucho tiempo, llamado “Stagger Lee era mujer”. Pero luego se nos puso en contra porque sintió que nos habíamos vendido con Radio Ethiopia (el segundo disco del Patti Smith Group, editado en 1976, un año después de Horses). Todo el mundo pensó que nos habíamos vendido. Creyeron que nos habíamos pasado al heavy metal. Y, mientras tanto, el disco vendió treinta mil copias porque nadie quería exhibirlo. Todo porque una de las canciones se llamaba “Pissin’ In The River” (“meando en el río”).
Treinta mil... ¿Eso es bueno o malo?
–Es patético.
¿Vendió más que “Horses”?
–No, fue un desastre.
Era un disco extraño, con esa foto en gris plateado...
–Esa foto la hizo Judy Linn.
Era raro que en ese momento un sello grande publicara un disco así. Parecía muy influido por MC5. Nadie sonaba así en ese momento.
–Recuerdo a Lenny (Kaye, guitarrista del Patti Smith Group) diciendo que una de las canciones estaba influida por “Back to Comm”. Yo nunca había oído hablar de MC5 (el grupo del guitarrista Fred “Sonic” Smith, que en 1980 se casaría con Patti y que murió en 1994, en su Detroit natal). Nadie tenía esos discos en el sur de Nueva Jersey. Fue Lenny quien me hizo descubrirlos. De hecho, Lenny fue quien me presentó a Fred: él estaba frente a una estufa blanca con su saco azul marino, ese que aparece en la canción “Godspeed”: “Caminando con tu saco azul, almirante sollozante”. Ése era Fred.
Me acuerdo de un pequeño artículo en “Creem” sobre una carta de amor que le mandaste a Fred.
–Sí, donde le hablaba de “luz y energía encerradas”. No podía creer que hubieran averiguado eso. Todavía me acuerdo la fecha exacta en que lo conocí: el 9 de marzo de 1976. Hace mucho, mucho tiempo.
¿Cómo están tus hijos?
–Realmente me encanta tenerlos tan cerca. Pueden volverte loca y son una gran responsabilidad, pero es maravilloso prestar atención a sus pequeñas cosas. Es como una película que nunca volverás a ver. La vas siguiendo mientras sucede, y pensás que siempre será igual, y entonces...
Entonces vas a ver la película “Kids”.
–Ja-ja. O uno de tus chicos se convierte en uno de los de Kids.
¿Alguna vez quisiste ser estrella de cine?
–No, pero me moría de ganas de estar en una película de Godard. De hecho, él me pidió que participara en una, pero justo en un momento en que había dejado de tocar con la banda y estaba en un período de contemplación, así que no podía hacerlo. Igual tuve el honor de que me lo pidiera. Y también soñaba con interpretar a Jo en Mujercitas. Me gustaría trabajar en una película, sí. Pero tendría que ser un film honorable, un papel honorable. O tendría que actuar Jeremy Irons.
¿Jeremy Irons?
–Sí, es un capo. Y su esposa, Sinead Cusak, también.
(...)
¿Cuál fue el primer disco que te compraste en tu vida?
–El primer simple que tuve fue “Shrimp Boats”, de Harry Belafonte. Después me acuerdo de Patience and Prudence haciendo “The Money Tree”. Y más tarde, cosa que me causa una intensa vergüenza, a Neil Sedaka haciendo “Climb Up”: me encantaba esa canción. El primer álbum que conseguí que mi madre me comprara fue una caja de Madame Butterfly. Amaba esos discos y me pareció fantástico tener uno para mí. Me lo trajo cuando estaba enferma de escarlatina; siempre me compraban discos cuando me enfermaba. La siguientevez que caí en cama conseguí que me dieran My Favourite Things de John Coltrane; ése fue otro buen disco de enfermedad. Pero del que más me acuerdo es de uno que me trajo mi madre de su trabajo. Era cajera en un drugstore donde había una batea de saldos de discos usados. Y un día que yo estaba enferma me dijo: “Te traje esto, nunca escuché nada del tipo, pero me parece que te va a gustar”. Era Another Side of Bob Dylan. Me enamoré de él al instante. Entre otras cosas porque estaba vivo. Yo amaba a Rimbaud, muchas de mis fantasías adolescentes eran con él. Si tenés quince años y no podés conseguirte el chico que querés, no queda otra que fantasear con él todo el tiempo. ¿Y cuál es la diferencia si es un anciano o un poeta muerto, si de todos modos no vas a tenerlo, y sólo estás proyectando? Al menos, Bob Dylan estaba ahí. Era un alivio fantasear con alguien que estaba vivo.
Aunque te fuera igual de imposible tenerlo.
–Yo amaba a mi Rimbaud cuando era joven, lo tenía para fantasear. Era como mi novio. Quiero decir, de verdad. Pasamos mucho tiempo juntos. Ya sabés, en el Canal de Suez.
¿Alguna vez viste a Coltrane?
–Sí, una vez, en Filadelfia. Había dos clubes de jazz pegados, el Pep’s y el Showboat. Pero tenías que ser mayor de dieciocho para poder entrar. Yo andaba con los jazzeros, que eran gente muy cool; algunos ya eran mayores de edad, o al menos lo aparentaban. Y entonces nos enteramos de que Coltrane venía a tocar a Filadelfia... Fue cuando salió My Favourite Things, en el ‘63. Así que me disfracé con ayuda de mis amigos, cosa que no hubiera hecho por nadie excepto por Coltrane. Trataba de parecer mayor, pero básicamente seguía siendo una chica de trenzas y buzo. Así que estuve dentro del local quince minutos, hasta que me pidieron documentos y me echaron. Pero lo vi, durante quince minutos al menos. Creo que hizo “Nature Boy”. Estaba en el paraíso mirándolos tocar a él, a Elvin Jones, a McCoy Tyner... Ni siquiera me molestó que me echaran, porque nunca pensé que iba a poder entrar.
Supongo que en ese momento la cultura joven estaba más cerca del jazz.
–Era una circuito pequeño. Los chicos que eran demasiado jóvenes para los beats y demasiado viejos para los Beatles se metían en el jazz.
(...)
¿Cuándo te encontraste por primera vez con Bob Dylan?
–Fue en el backstage del Bitter End, un pequeño local en Nueva York. Todavía no teníamos baterista, éramos sólo nosotros cuatro. Ya teníamos todo el material de Horses. Sabíamos lo que estábamos haciendo, pero todavía no habíamos firmado un contrato.
¿Lo viste entre el público?
–No. Alguien nos dijo que estaba ahí. Mi corazón se puso a latir como loco e instantáneamente me puse rebelde. Fue increíble, todo salió bárbaro en el escenario. Incluso hice un par de referencias ambiguas para demostrar que sabía que él estaba ahí. Después vino al camarín, lo que fue muy gentil de su parte. Yo no paraba de moverme. Alguien dijo que éramos como dos perros de riña rondándose. Me comporté como una pendeja, tenía un nivel altísimo de adrenalina. Él dijo algo así como: “¿Hay algún poeta por aquí?” Y yo le contesté: “No me interesa la poesía. ¡La poesía apesta!”. Realmente actué como una idiota, pensé que el tipo jamás volvería a dirigirme la palabra. A los pocos días, en la tapa del Village Voice, salió una foto que alguien nos había tomado. El fotógrafo había hecho que Dylan me abrazara. Era una foto muy cool para ese tiempo, los dos estábamos de lo más cool. Para mí, era un sueño hecho realidad, pero aun así no podía olvidar que había actuado como una idiota. Hasta que un día, caminando por la calle, cerca del Bottom Line, él se apareció de la nada y me preguntó sobre mi poema “Dylan’s Song”; quería saber de qué trataba. Entonces metió su mano en la campera. Tenía la misma ropa que cuandosacaron la foto, cosa que me encantó. Me gusta eso en un hombre. Y entonces sacó la foto del Village Voice de adentro de su campera y me preguntó: “¿Quiénes son estos dos? ¿Sabés quiénes son?”. Y entonces me sonrió y yo supe que estaba todo bien. Fue realmente muy agradable. Así que... espero que se cuide... eso es lo que le deseo. Una vez fui a ver a Joan Baez, habrá sido en el ‘64, lo que era lo más piola que podía hacer una chica de mi edad, más allá de tratar de meterse en un show de Coltrane. Joan era bastante buena, pero... Tocaba en una carpa y entonces invitó al escenario a este amiguito suyo, que dijo que se llamaba Bobby Dylan. Ésa fue la primera vez que lo escuché. Antes de que mi madre me diera aquel disco. Tenía el pelo más corto. Y su voz era como una moto dentro de un campo de maíz.

¿Sabés que una vez te agarré el tobillo? En un concierto que hiciste en Waterbury, Connecticut. Fue durante los bises, cuando estabas haciendo “My Generation” de los Who. Estabas tan cerca que no me pude resistir. Pero fue como si hubiera ido demasiado lejos, y te solté enseguida.
–Ya eras un joven sónico (Sonic Youth).
Cuando nos pusimos ese nombre, la palabra sonic no era tan común como ahora. Podían hablar de “sonic boom”, pero eran términos técnicos. Usado en el rock’n’roll, sólo Fred “Sonic” Smith.
–A Fred le encantó lo del nombre de tu banda. Siempre decía: “¡Se lo pusieron por mí!”. Yo le contestaba: “No podés estar seguro”. Pero igual le daba orgullo. Él era Sonic.
Otra vez, en lo de Bleecker Bob, en los ‘70, te vi entrar comiendo pizza y con anteojos de aviador. Bleecker Bob te mostró la tapa de un disco de Ian Dury y vos dijiste: “No escucho discos de gente que no quiero cogerme”.
–Ja-ja, ésa era yo.
Y otra vez fui a verte al CBGB, y estaba repleto, y ustedes salieron, y vos tenías pantalones de cuero negro. Estuvieron muy violentos esa noche.
–Eso fue porque tenía pantalones nuevos.
Destruyeron la noche. Yo estaba ahí parado, mordiéndome el labio de la impresión. Entonces me miraste y te mordiste el labio, como diciéndome: “Te voy a enseñar cómo morderte el labio, nene”.
–Yo era muy desagradable. Me siento afortunada de ser amable ahora.
Yo no pensé que fueras desagradable.
–Pero me burlé de vos.
Esa noche William Burroughs fue a verte.
–¡Ahora me acuerdo de esa noche!
Llegó con su entorno y el lugar estaba repleto. Así que la gente del CBGB empezó a sacar a la gente a empujones de sus sillas, gritando: “¡Salgan del paso!”. Yo pensaba: “¿Qué carajo está pasando?”. Entonces vi avanzar al viejo caballero y su entorno. Ocuparon con absoluta parsimonia las mesas que habían desalojado para ellos.
–Me acuerdo. Esa noche me sentí en el paraíso por la presencia de William. ¿Sabés qué me dijo después? “Patti, qué chanteuse notable sos.” Era maravilloso, tan elegante siempre... De lo que me estoy acordando es de que una vez me agarré yo del tobillo de Brian Jones. Habrá sido en el ‘64 o el ‘65. Los Stones tocaban con Patti Labelle & The Bluebelles en el auditorio de una escuela secundaria del sur de Nueva Jersey. El escenario estaba a la altura de mi cintura y habían puesto sillas plegables creyendo que el público se iba a mantener sentado. Habría unas cuatrocientas personas. ¿Sabías que, en esa época, en los auditorios de las escuelas secundarias había banderas? La de la escuela y la de Estados Unidos. Patti Labelle salió primero. Yo nunca había visto a los Rolling Stones; en realidad, estaba más excitada por ver a Patti Labelle. Nadie sabía nada sobre los Rolling Stones. Los únicos músicos que había visto tocando en vivo, además de Joan Baez, eran los artistas de Motown. No había conciertos de “blancos” en el sur de Nueva Jersey. Ibas a un baile escolary te encontrabas con gente haciendo playback. Como Gary Us Bonds, que hacía playback de “Quarter to Three” y se iba. El resto de la noche escuchabas discos y bailabas. Si no, podías ir al aeropuerto, a un lugar llamado The Airport Drive-in, que sólo estaba abierto durante el verano. Pagabas cinco dólares y llegaba el ómnibus de la Motown. En un mismo día podías ver al pequeño Stevie Wonder y a Ben E. King. En el sur de Nueva Jersey tenías que ir al aeropuerto o hacer todo el camino hasta Filadelfia. Había jazz, pero no había conciertos de rock. Y, cuando ibas al aeropuerto, seguramente ibas a escuchar a alguno de los chicos negros. Bueno, aquella noche yo estaba sentada en el auditorio de la escuela y de repente me di cuenta de algo muy extraño: miré a mi alrededor y sólo vi chicas blancas. Nunca había visto algo así en un concierto. Jamás. Y supe que era extraño, porque todo el mundo estaba sentado muy cortésmente escuchando a Patti Labelle. Nadie bailaba ni nada. Entonces salieron los Stones. Yo no estaba preparada para lo que iba a suceder. De repente, todas las chicas empezaron a gritar y corrieron hacia el escenario. Yo estaba en un asiento de primera fila, una de esas sillas plegables. Y no tuve otra opción que abalanzarme yo también, porque la marea me empujó contra el borde del escenario. Nunca había visto algo semejante. Me sentía avergonzada. Ellas actuaban como lunáticas, gritaban. Una chica se dobló el tobillo. Era una especie de histeria colectiva que supongo habían aprendido leyendo sobre lo que hacía la gente que iba a ver a los Beatles o algo así. Eso, o realmente les gustaban los tipos que había sobre el escenario.
Creo que ése debe haber sido el caso.
–Pero actuaban de modo vergonzante.
Debe haber estado bueno cuando salieron los Stones.
–Mick Jagger parecía muy nervioso. Yo nunca había visto algo semejante. Primero que nada, los tipos sobre el escenario eran blancos. Ver a esos tipos blanquitos, de pelo largo, sobre el escenario... Se veían muy cool. Realmente cool. El más gracioso era Keith, porque era el más sacado, y el pelo todavía no le tapaba esas orejas enormes, y tenía la cara llena de granos. Pero yo me enamoré de Brian Jones. Estaba sentado sobre el escenario, tocando la cítara. Y las chicas seguían empujándome y empujándome. En un momento sentí que me iba hacia abajo y que iba a quedar atrapada, así que, en mi desesperación, estiré el brazo y manoteé lo primero que se puso a mi alcance. Que era el tobillo de Brian Jones. Miré para arriba y él seguía tocando con mi mano en su tobillo, como si nada. No lo había hecho para atraerlo hacia mí sino para salvarme. Entonces él me miró. Yo lo miré. Y él me sonrió. Simplemente me sonrió. Ésa es mi historia con Brian Jones. Ahora me voy a dormir.

martes

Diario Dee Dee en Argentina.

Ahora estoy sentado en una habitación, otra vez en la Argentina. Es un adormecido barrio de Buenos Aires llamado Banfield, en la casa de la abuela de mi novia. Me estoy escondiendo otra vez porque me siento triste y sé que voy a deprimir a cualquiera que me vea. Hago algo estúpido y dejo que un perro merodee por acá, creyendo que me va a levantar el ánimo. Lo encontré en la entrada, y ya lo bauticé Ramon. Es un perro callejero, gordo y viejo; es evidente que peleó con otro perro y tiene una pata medio herida. Yo tengo la cabeza medio herida. Me peleé con un fan de los Ramones. Nos reunimos con la abuela de Bárbara y sus dos hermanas en el aeropuerto. Nos ubicaron en la pieza de la hermana de Bárbara, ella terminó durmiendo en el living. Se puso todo un poco tenso. Creo que saqué de quicio a todos, y aquí estoy otra vez sentado en una habitación, solo, escribiendo. Cuando intento salir a caminar, el mundo se vuelve demasiado intenso para mí. Me hace retroceder. Me siento vulnerable, fuera de lugar, mal recibido en todos lados. Me siento una mierda, como se sentiría un criminal, excepto que yo no soy un criminal. En este momento, Ramon, el perro al que dejé pasar, se levanta y sale de la pieza. Ramon tenía que seguir su camino. Lo dejé entrar. Me hubiera gustado que apreciara el gesto. Sé que Ramon es sólo un perro viejo y maltratado, sé que no podría saber lo que está pasando, pero igual me molesta. Vos, gordo de mierda, murmuro mientras sale por la puerta. Lo que más necesitaba era una visa para Bárbara, así podíamos ir a Estados Unidos, donde estaríamos mejor los dos. Pero eso llevó otro año de intentos. Fue difícil. Ella era menor de edad y tenía pasaporte argentino. Sus padres no nos ayudaban. La Argentina es como un desvío del tiempo. Me recuerda a cuando Estados Unidos era un país lindo en el que vivir. Aunque todo es más duro en la Argentina, la gente aquí es más amable que en la mayoría de los lugares. El smog es tan abundante que te corta los pulmones. Los colectiveros salen a matar. Tratan de empujar a la gente fuera del camino con sus grandes micros malolientes. Es una locura. Los exhaustos caños de escape emanan nubes de humo negro que se meten en las ventanillas abiertas de los demás coches. Todos tienen las ventanillas abiertas porque nadie tiene aire acondicionado. Los autos acá son todos viejos y están hechos mierda, pero tienen mucho soul. Mucha onda. El problema es que me cuesta mucho conseguir dinero para vivir en la Argentina. Mi contador, Ira, solía mandarme dinero a través de la Western Union de Córdoba y Suipacha. El viaje en taxi para llegar hasta ahí era siempre una pesadilla. Ante todo, hacía calor. Mucho, mucho calor. El taxista me empieza a hablar en español, sin parar, acerca de los Ramones. No le entiendo una palabra. Cada tanto le murmuro un “sí”. Trato de mantener la calma, pero como el conductor se da vuelta para conversarme y sus ojos nunca se posan en el camino, miro fijo el parabrisas tratando de guiar al taxi a través del tráfico, asegurándome de que no nos hagamos mierda, puesto que tengo que conseguir la plata. Los paragolpes de los autos van pegados. Frenada y arranque. Excéntricos conductores latinos enfurecidos. Es como en una película. Cuando llego a Western Union, entro corriendo y salgo con seis billetes de 100 pesos. Me subo de vuelta al taxi y enfilo para Banfield, en las afueras de Buenos Aires, mi actual domicilio. Debería estar contento, pero nunca consigo estar en paz. Mientras avanzamos, las noticias de la radio dicen que los Ramones darán su último show en Buenos Aires el 16 de marzo. Iggy también será de la partida. Siempre hay algo que lo arruina todo. En este momento es la estación Rock & Pop. Están publicitando sin parar el show de Iggy y los Ramones. Después hay un aviso de que Attack 77 (sic) fue agregado para el show. Esto es verdaderamente horrible. No estoy de ánimo como para ver a Attack77 o la estúpida cara de Iggy, ni tampoco las estúpidas caras de John, Joey y Marky. Tan pronto como llego a casa apago la Rock & Pop, que Bárbara tenía puesta a todo volumen en un boom box de Panasonic. Qué día de mierda. Los Ramones estarán merodeando para un reencuentro. Qué largo se hizo todo. Empezaba a resultar obvio que yo estaba obligado a tocar en la despedida de los Ramones. Todo el mundo en el barrio empezó a acosarme para que le diera entradas. Para mantener la calma, tuve que sacar mi guitarra y tocar algunas canciones de los Ramones en la vereda. Para mí fue horrible. Estaba muy desmoralizado. Cuando los Ramones llegaron al Buenos Aires International para su último show, yo deseaba estar muerto. Terminé prometiéndole a la gente que le conseguiría entradas gratis. Llamé nueve veces a la Rock & Pop, al promotor de los Ramones en Buenos Aires. Hablé con un par de personas. No podían prometerme nada, excepto que me devolverían el llamado. Nunca lo hicieron, así que supuse que no iría al concierto. El hecho de haber llamado a la Rock & Pop nueve veces y que ellos fueran tan descorteses me hizo sentir que el mundo entero estaba en contra mía. ¿Qué más podía pensar? Bueno, igual supuse que sería muy desalentador ver a los fans de Dee Dee Ramone escupiendo a CJ en lugar de a mí, y ver al público haciéndosela pasar mal a Johnny Ramone, esperando a que CJ cometa un error para que Johnny se pusiera aún más furioso. Había mucha furia alrededor del show, aun antes de que ocurriera. Hubo un caos en el centro de Buenos Aires cuando los ganadores de un concurso de entradas fueron inexplicablemente ignorados por el promotor del concierto. Ninguno de ellos obtuvo su entrada gratuita, y después de que pasaran la noche haciendo cola para recibirla, se enfurecieron. Después de eso, no me dio ninguna gana de ir.  Lo vi todo. Había ido a Western Union a buscar algo de dinero y me quedaba de camino en el trayecto hasta Dunkin’ Donuts, donde compraría seis tickets para las hermanas de Bárbara, Sofía y Rocío, y sus amigos. El hecho de tener que comprar seis entradas para los Ramones me hizo sentir raro, y no sabía que estarían repartiendo entradas al lado, en el edificio de Coca-Cola. Para cuando la policía llegó para despejar la zona, todas las vidrieras de los negocios estaban  rotas. Más tarde, el revuelo fue reportado por MTV. Entonces, Monte finalmente me llamó. Después de eso tuve que hablar por teléfono con Johnny Ramone. “No sé cómo nos quedamos atascados haciendo la gira con Metallica, Dee Dee”, me decía. “Estoy medio loco. Todo el mundo explotó. Arturo se quedó mal por algo que ocurrió justo antes de que saliéramos de Brasil. Fue una pesadilla. Me gustaría que vinieras al show. Nos gustaría verte.” “Bueno”, dije. Me sentí horrible después de cortar. Además de mis problemas, sentí pena por John y el resto de los Ramones. Llegué a su hotel a las cinco, la hora que Monte había arreglado para verme. La banda y yo íbamos a tocar juntos “53rd & 3rd”. Iríamos a ensayar la canción a la prueba de sonido, después iríamos a cenar y a pasar un rato juntos. Me sonaba bien. Lo que ellos no sabían es que desde hacía un par de días yo me la pasaba intentando entrar a la Embajada de Estados Unidos para tramitar una visa para Bárbara, así la podía llevar a Nueva York. Empecé mi día a las cinco de la mañana, porque tenía que hacer la cola en la embajada, que  abría a las seis. Debo estar loco. No lo sé. Seré cualquier cosa, menos un buen perdedor. Peleo hasta el final por lo que quiero. La gente siempre comenta sobre mí: “Oh, Dee Dee, siempre se sale con la suya”. El día del show de los Ramones, lo primero que hice fue ir a la embajada. Ya había mucha gente. Caminé por la vereda, bordeando la cola unpar de veces, pero estaba muy nervioso. Me dirigí al guardia de seguridad, que estaba en la puerta de una entrada con aspecto de búnker. “Quiero entrar y conseguir una visa”, le solicité. Cuando estuve en el segundo cordón policial, traté de sobornarlos con 300 pesos, pero no aceptaron. “Ya no hacemos eso, señor”, dijeron. Lo que me hizo conseguir la visa fue gritar, como me había recomendado mi madre. Debería haber hecho una fiesta para celebrarlo, pero tenía al taxi esperándome para llevarme al hotel Hyatt y reunirme con los Ramones. El taxista no paró debido a la multitud. Yo tuve que abrir la puerta y saltar fuera del coche. Le pagué después, cuando volví a Banfield. Bárbara, que se suponía no iba a venir, estaba detrás mío. Era demasiado. La entrada al hotel estaba vallada. Había policías por todas partes. Fans por todas partes. Los promotores estaban fuera del hotel. Me vieron y me dedicaron una mirada antipática. Así y todo, intenté atraer su atención. “Soy Dee Dee”, grité. “Soy yo.” Todos los fans de los Ramones empezaron a asentir, y a gritar: “Es Dee Dee, es Dee Dee. Déjenlo entrar”. Pero a la vez ellos me alejaban de la puerta y me pedían autógrafos y fotos. Los policías me miraban con odio. Todo el mundo me empezó a zamarrear. Era como un maremoto viniéndoseme encima. De casualidad lo vi a Marky. Traté de llamar su atención. “¡Marky, ayudame!”, grité. Simuló no verme. Se escondía detrás de sus anteojos oscuros estilo Elvis. Había tejido una red de odio alrededor suyo. Con su campera de cuero negra de motociclista y su piel pálida, se parecía tanto al Marky Ramone original que era irreal. Estaba parado fuera del hotel, protegido de los fans por el cordón policial. Cuando los fans de los Ramones lo vieron, flashearon. Yo estaba ahí afuera, solo. Era obvio que Monte había arreglado que firmaran autógrafos a la misma hora que me pidió que estuviera en el hotel. Tuve que pelear por mi vida. Fue horrible. De alguna manera, logré llevar a Bárbara y a mí entre los guardias de seguridad, la policía y los fans. Estaba esquivando el filo de lápices y lapiceras de buscadores de autógrafos que pasaban frente a mis ojos cuando alguien me pateó en la canilla. Cuando finalmente entré al lobby del hotel, estaba sacado. Marky fue la primera persona que vi. “Te odio”, grité. “Me viste, y no me hiciste pasar.” “No es cierto. No te vi. Dee Dee, payaso. Dame un beso. Te queremos.” Esto es una mierda, pensé. Monte estaba ahí. Se lo veía desbordado. Era triste verlo así. Mark estaba tratando de sonreír. Era esa sonrisa practicada estilo Hollywood que me hace poner más loco cuando la veo en la cara loca de Marc. Yo estaba perdiendo los estribos. Está tan demente como Monte, pensé. Lo vi a Johhny Ramone y no lo pude creer. Esto es serio, pensé. Se lo veía muy, muy mal. Realmente terrible. Muy quemado. Me sentí horrible por lo que estaba viendo. Esto no está bien. Estaba preocupado por Johnny Ramone del mismo modo en que estaba preocupado por Brian James unos pocos años atrás, cuando hizo la última gira con Damned. Pero pronto empecé a ordenar ideas y me sentí mejor. Esto es genial, pensé. Bárbara y yo terminamos cenando con ellos en el área lounge del hotel. Unos pocos fans privilegiados me acosaban mientras yo intentaba comer y hablar con un deteriorado Joey. “Dee Dee”, me dijo Marc. “¿Qué pediste?” “Ya sabés, Marc”, respondí. “Un sandwich de carne y sopa francesa de cebollas. Las cosas más caras del menú; ya sabés, Marc, trato de sacarle el mayor provecho a todo esto.” “Sé a lo que te referís, hermano”, me aseguró amorosamente. Sabía que debajo de su calma, Marc planeaba secretamente un regreso. Me hizo sentir bien. Cómo podía detestar a ese tipo, pensé. Después de la cena, fui a la prueba de sonido en la van junto al promotor y el resto de la banda, excepto Johnny Ramone, que era demasiado miserable como para estar con Joey y Marc, así que fue solo en un auto con Eddie Vedder y sus amigos. Cuando llegaron al estadio en el que tocarían para 90 mil personas, todo estaba listo. Tomaron sus posiciones y empezaron a probar. El grupo podía impresionar a otras personas, pero no a mí. Eran buenos, pero ya no tenían onda. Johnny Ramone parecía más un tenista que un guitarrista, ¿saben? Al final, no me quedé para el show. No había recibido precisamente un trato privilegiado por parte de los Ramones, sus fans y la Rock & Pop. Traté de ser bueno en una situación mala, ser leal después de todos los agravios que había sufrido. Pero no funcionó. Que se jodan, pensé. En el camino de vuelta al hotel, en un semáforo en rojo, abrí la puerta de la van y salté. Paré un taxi y antes de que entendieran qué estaba pasando, yo iba de regreso a Banfield, a la casa de la abuela de Bárbara. Sus hermanas, Sofía y Rocío, estaba peleando tan amargamente para decidir quién iba con quién con los cuatro tickets que les había dado, que les di los dos que me había dado Rock & Pop para conservar la paz. Así que no fui al show. Lo escuché por radio en la cocina, tamborileando nerviosamente los dedos contra la mesa de linóleo. Sentía que no había excusa para la manera en que me habían tratado. Era bastante irrespetuoso pedirme que fuera a tocar una canción con ellos, arreglar una hora para encontrarnos, y después no hacerse cargo de lo que pasara conmigo afuera del hotel. Muchos incidentes de esta clase me amargaron respecto de los fans y de los Ramones. Hubo tanto alboroto alrededor de un posible documental sobre el último show de los Ramones que los dejé hacer: les pasé mi número de teléfono y dije que estaría disponible. De alguna manera sabía que nunca sucedería. Una historia de los Ramones no puede tener final feliz. Me alegra que se haya terminado, aunque algo de todo eso haya sido divertido. Me parece que los Ramones no deberían tocar más juntos. No lo digo sin pensarlo: en verdad me preocupo por ellos, y por mí mismo. Les deseo buena suerte a todos los de la banda. A causa de nuestra relación, estamos todos lastimados. Nos herimos el uno al otro. Mi libro cuenta la historia. Es una historia queme alegra haber contado.

lunes

Una nota sobre Reynols.


Esta especie de nota la escribì para una publicaciòn web que no me acuerdo como se llama y no sè si existe. Es sobre el grupo Reynols. Una manera de acercarme a ellos y contar una experiencia que vivì en uno de sus recitales. Espero les guste
Alguna vez le comentè a mi hno. sobre la existencia de Reynols y eso, como a todos le llamò la atención. Hace unas horas vì el documental Buscando a Reynols: algo asì como un acercamiento a esa banda inclasificable tomando como referencia opiniones de musicoterapeutas, psiquiatras, los propios integrantes del grupo (un punto gigante para Miguel Tomasen, líder absoluto), el doctor Socolinzki, Lìa salgado, Jazzy Mel, sigo?.
Digamos que la pelicula es hoy por hoy lo màs cercano que se puede tener sobre esta banda por que primero, el ùnico disco que tienen editado en argentina…no tiene disco!, segundo, por que apenas si han tocado algunas veces para publico abierto y ya no tocan màs. O eso es lo que dicen. Muy pocas veces que tocaron en Buenos Aires y los que lo vimos nos podriamos tildar de afortunados, su lider jamàs se fuè de gira y han recorrido buena parte del continente los demàs sintegrantes llevando su voz sampleada.
Hay en la pelicula algo de esas performances en vivo, muy poco, y ahì quiero perforar. Reynols es un fenómeno en sì mismo, por que negarlo, es la ùnica banda en el mundo que su líder tiene síndrome de dawn, pero Reynols es mùsica, y es algo que jamàs te contaron.
En el escenario no hay luces, apenas unos tubos fluorescentes, la sala es pequeña, hay una buena variedad de instrumentos desperdigados por el piso: sikus, guitarras electricas extrañas, una especie de oboe hecho con un tubo de desague, bombos y una clàsica baterìa de color celeste brillante. Reynols sube al escenario, hoy son cuatro pero hacia la mitad se van a sumar dos màs, llevan todos religiosamente anteojos ahumados y la musica comienza. A ver…imaginate dos rockers que son abandonados en un planeta donde los espera un baterista que les dice que lo sigan, que èl los va a guiar, ese baterista no entiende absolutamente nada de rock pero todo empieza a fluir, imaginate una mùsica muerta, imaginate un mantra que nunca vas a escuchar, imaginate un sonido que siempre estuvo y nunca llegaste a detectar de que se trata. Por ahì anda la mùsica de Reynols. Hay algo fìsico en toda esa experiencia, algo que se empieza a mover adentro tuyo, algo que el rock jamàs tendrìa que haber perdido. Hay en Reynols un primer momento de asombro colectivo, algo que descifrar, ese instante puede durar lo que vos quieras, pero en el minuto treinta de show, cuando digamos que van por el solo del primer tema –si lo medimos en canciòn-, no quedan muchas posibilidades, o te vas y pedìs por favor que te devuelvan la entrada o pasas a la fase màs interesante. Hay momentos en que la mùsica se disuelve, en que nada puede contener lo que està por suceder y ahì està Reynols, estirando màs los lìmites, hasta quien sabe donde. Hay momentos muy delgados, donde te quedàs o te disolvès, y si te dejàs llevar es muy posible que algo te pase.
Vi a Reynols un sabado a la tarde en un auditorio cerca del congreso, recuerdo casi todo, serìa imposible describirlo minuciosamente, pero si recuerdo la cara de un amigo que me esperaba a la salida del recital preguntandome si me habìa pasado algo. Le dije que si.
Reynols son Miguel Tomasìn, Alan Courtis, Roberto y Patricio Conlazo. Han editado màs de cien discos en sellos de musica experimental de todo el mundo, entre ellos el “Blank Tapes”, disco de sonidos provenientes de cintas de casettes viejos o “Simphony for 10.000 chickens”, grabado en un criadero de pollos en Entre Rios. El ùnico disco editado en argentina està desmaterializado, algunas de su ediciones vienen con objetos raros, muy raros, como decir una silla, si no te llevas la silla tampoco el disco. Entre sus fans tienen a los Sonic Youth Thurston Moore y Lee Ranaldo, a Beck, a la precursora del movimiento de musica minimalista Pauline Oliveros o el creador del sello alemàn Trente Oiseaux, Bernhard Günter. Hace muy poquito compartieron escenario con el ex Can Damo Suzuki, dicen que esa fuè su ultima presentaciòn.
La de abajo es una de las tantas direcciones web sobre Reynols. Pueden chequearlo en el My space tambièn.
http://www.artistas.org.ar/musica/reynols.htm