Uno:
Es un festival de rock en una plaza de Palermo. Ahí vamos con algunos amigos, el día está esplendido, hay bocha de gente, puestos de comida, de sellos, de ropa, birra a precio normal para ser medio caretón el lugar. Y ofertas de discos, El Nari se compra el ultimo cd de Jon Spencer Blues Explosion, yo él de Dios. Pasan las bandas: Bochatón, Vicoria Mil, Audioperú, Los Latigos. Temprano tomamos un cuartito cada uno y ahora ya es de noche, los efectos avanzan, escalofriós de placer de la nuca a la cintura ida y vuelta. Etamos arriba de un arbol, tomando algo fresco, platea prefencial. Le toca a Suarez subir al escenario. Nunca ví una cantante de rock con ese tiempo de embarazo, moviendose y desplegando esa cantidad de energía, siendo la figura principal de un momeno tan intenso. La sonrisa de Rosario, de eso habría que escribir un capitulo aparte. Esa cantidad de luz que podía salir cuando ella sonreía. No hay tantos músicos que expresen ese disfrute arriba de un escenario, pienso en Keith Richards, el primero que se me viene. El show avanza y es cada vez màs poderoso todo, los había visto varias veces pero esa época de “Excursiones”, antes de separarse, posta estaban afiladísimos. Él guitarrista elevándote a prueba de delays y distorsión, todo descontrolado y a la vez de una delicadeza única. Tocan “El Imán”, una canción que nunca había escuchado y desde ese día me persigue bien. El duelo entre el eco de la voz y la pirotecnia que sale de ese entramado de cuerdas, cables y efectos es una tormenta donde me quedaría un rato largo. La base va y va para adelante, y groovea sosteniendo ese ovillo musical donde la voz y ese mantra, ¨es el ancla de mi pensamiento en el fondo de este mar¨, se pierden en el cielo. Una pausa en el tiempo, en el universo, eso fué. Esa plaza, esa noche, escenografía única de un momento que vive conmigo para siempre.
Dos:
Voy a un ciclo en el Instituto Goethe por Corrientes casi llegando al bajo, me lleva un amigo. Toca Melero solo con la guitarra y una bola de espejos da vueltas encima de su cabeza. Suben otros que no recuerdo, viene Suárez. Nunca los escuché. No tienen instrumentos, cada uno con un radiograbador. Empieza alguno a tirar unas líneas vía casette, otro juega con las posibilidades que le da el dial para mezclarse, más ruido pero a de a poco, todo muy lento, cambios que se terminan de percibir cuando la capa gruesa de sonido ya inundó la sala, la tensión crece. Hay una conexión total entre ellos, están creando una atmósfera de la nada, encontrando en el camino el objetivo. Están jugando y lo que fué cortocircuito y chispas, ahora es una textura suave, una cosa ambiental, rústica, calma.
De esto hace un siglo y es un momento que jamás olvidé, siempre me acompañó. Yo recién llegaba a Buenos Aires y era como un montón de cajas vacías que necesitaba llenar de experiencias nuevas. Esa fué una, y poderosa. Gracias Rosario..